A quienes hemos podido disfrutar de la obra de Buero Vallejo, La fundación, podremos encontrar un símil entre esta y la sociedad actual. El loco, que se encarna en la figura de Tomás, está basado en la demencia cervantina otorgada al hidalgo manchego por excelencia, don Quijote. Asel es, en contraposición, aquel hombre cabal que hace ver a Tomás que todo lo que cree percibir es fruto de su perturbada imaginación al ser detenido como preso político.
Nuestra sociedad española parece esa habitación para Tomás, que somos cada uno de nosotros, en la cual se recrea toda la escena a la vez que la misma cobra su verdadera apariencia: la cela de una cárcel cualquiera.
Poco a poco nos vamos dando cuenta de lo que se esconde tras la clase política: corrupción, personalismos, intereses propios, etc. De todos menos llevar a cabo su valor: trabajar por y para el pueblo.
También con el progresismo sucede lo mismo; desde la llegada de Zapatero y sus ecuaces al poder, poco a poco España va sintiendo un estilo progresista que la azota en todos los ámbitos: desde la libertad, que parece estar en peligro de extinción, pasando por la educación, la religión, la propia historia o la misma lengua, con el irrisorio término “miembra” que de boca de la ministra Aído, que con total sarcasmo e ironía podemos decir que es una persona muy formada y capacitada para uno de los mejores ministerios y con mayor utilidad de la historia de la democracia española.
La Fundación es una de esas obras con final abierto en las que el lector, a su libre albedrío puede dar el brochazo final al lienzo que el autor comenzó. He escuchado varios finales de la misma, unos trágicos, otros impensables, pero si se compara con nuestra sociedad espero que el final sea feliz y que nos podamos comer una perdiz.
Algunos siguen sumergidos en que habitamos en una auténtica sociedad en la que nada ni nadie parece estar mal, cuando 4 millones de personas no tienen un sueldo con el que, mínimamente, puedan vivir.